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01 de Febrero de 2018

Un libro, relación de por vida

Por: Bertha Herrerías

Un amigo recomendaba a otro: no le vayas a regalar un libro, ya tiene uno.

Y, quizá con ese le bastaba; en cambio, hay quienes tienen miles y no le son suficientes. La diferencia no radica en los libros, sino en las personas que los tienen o los dejan de tener. Los libros, o la ausencia de ellos, definen, nos dicen quién es cada quien; pocos objetos son tan reveladores de la personalidad de sus dueños como los libros… o su vacío.

A pesar de su aparente sencillez, entre los miles de inventos que el hombre ha producido, el libro causa un asombro mayor; todos los demás aparatos, instrumentos, objetos, son extensiones de su cuerpo y sus sentidos; solo el libro es una extensión de su imaginación y memoria. Por eso dicen tanto de quienes los poseen.

Cada biblioteca es como un pequeño museo; cada una se forma con los ejemplares que cada lector elige con sus manías, gustos, ocurrencias, preferencias, etc.

La relación de la persona con el libro es como cualquier otra relación en su vida. Puede ser cercana, de confianza, amable y hasta amorosa o, por el contrario, puede ser distante, desconfiada, fría e indiferente. Y, como en cualquier otra relación, la clave está en la voluntad de conocimiento y proximidad: mientras más le conocemos, mejor le apreciamos.

Si, en verdad, queremos ser mejores y saber más, un camino corto es un libro; si, en verdad, queremos que nuestros hijos aprecien la lectura, debe haber libros a su alcance; sobre todo, buenos libros. En la medida en la que los tengan cerca su relación será más fácil.

Hoy, que cada tablet puede ser una biblioteca, los libros están más cerca que nunca. Sin embargo, la clave no está en la facilidad de acceso, sino en el interés, el deseo, la simpatía que se sienta por ellos.